El pueblo Kichwa


En el tiempo en que la selva aún susurraba más fuerte que la voz de los hombres, cuando los ríos guardaban secretos y los árboles eran abuelos vigilantes, nació la memoria de la familia Kichwa Muruy. No es una historia cualquiera: es un tejido de dolor, resistencia y magia, donde la naturaleza misma tomó partido por sus hijos.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la fiebre del caucho oscureció el corazón de la Amazonía, los pueblos indígenas fueron arrancados de sus territorios como hojas en tormenta. En aquellas épocas, los Kichwa —descendientes de antiguos guardianes del mundo andino y amazónico— fueron dispersados, sometidos y encadenados por la ambición de los hombres.
Una noche, guiados por el abuelo Julio, decidieron romper sus cadenas.
Reunieron alimento, silencio y valor. Pero, sobre todo, reunieron su sabiduría ancestral. Encendieron el espíritu de la palabra y elevaron sus cantos sagrados. Entonces ocurrió lo imposible: el cielo respondió.


Las nubes se oscurecieron como si el mundo cerrara los ojos, los rayos abrieron caminos de luz, los truenos rugieron como jaguares celestes y una lluvia torrencial cubrió la tierra. Era la naturaleza misma, reconociendo a sus hijos, protegiendo su huida.


Entre ellos se encontraba el abuelo Lorenzo Macanilla, junto a su compañera Jacinta Mamallate y sus hijos: Venancio, Hernesto, Reinaldo, Erlinda, Lucía, Margarita y Edermira. También caminaban junto a ellos otros hermanos de lucha, como Andrés Chimbo y, sobre todo, el sabio abuelo Julio, del pueblo Muruy, portador de conocimientos antiguos como el primer canto del mundo.
Vivían bajo el yugo de los patrones, en una esclavitud disfrazada de permiso, donde podían conservar sus costumbres, pero no su libertad. Sin embargo, la selva escucha, y los ancestros nunca abandonan a quienes recuerdan.
En medio de aquella tormenta sagrada, escaparon.
Los perseguidores, cegados por la furia, intentaron alcanzarlos, pero la selva se volvió laberinto. Los Kichwa cruzaron chuquiales profundos —pantanos traicioneros donde la tierra respira— guiados por el conocimiento que no está en los libros, sino en la sangre. Los perseguidores no pudieron seguirlos.
Así, entre agua, barro y relámpagos, cruzaron hacia territorio colombiano.
Llegaron al río Angusilla, y con balsas hechas de sabiduría y urgencia, atravesaron el gran río Putumayo. Allí la selva los recibió como hijos que regresan. Habitaron distintos lugares —Puntales, Cajones, hoy Isla Nueva— hasta que el abuelo Lorenzo y su linaje se asentaron definitivamente en el río Caucayá, donde nacería la comunidad de Cecilia Cocha.
Y así, en ese rincón donde el río habla y la tierra recuerda, renació el pueblo Kichwa.


Pero la historia no termina allí, porque los caminos del destino se entrelazan como raíces bajo la tierra.
En 1960, desde las profundidades de La Chorrera, emergió otra historia: la de Isaías Muñoz Caimito, hijo del pueblo Muruy, junto a su madre Nieves Eficaena. También marcados por la esclavitud de la cauchería, caminaron río arriba por el Caquetá hasta llegar al Putumayo.
La vida fue dura. La orfandad llegó temprano, pero también la enseñanza.
Crecieron entre los pueblos Siona y Cofán, participando en ceremonias sagradas de yagé. Allí, siendo aún niño, Isaías comenzó a escuchar los lenguajes invisibles del mundo: el de las plantas, el del espíritu, el del silencio.
Aprendió de grandes taitas —Basilio, Patricio, Pastor—, quienes le enseñaron a preparar la medicina, a hacer dietas, a reconocer el poder de la naturaleza. A los quince años, ya caminaba entre dos mundos: el visible y el espiritual.


Hasta que un día, en ceremonia, un abuelo Cofán lo reconoció.
Le entregó un yagé conjurado, un llamado, una responsabilidad. Y al amanecer, cuando el río aún guarda los sueños de la noche, Isaías entró al agua.
Desapareció.
Una hora… dos horas… el miedo creció entre los presentes. Pensaron que el río lo había reclamado, que una gran serpiente lo había llevado al fondo.
Pero entonces, emergió..
Salió del agua… completamente seco.
Porque no había estado en este mundo.
Había viajado al mundo del agua.
Allí, según contaba, conoció a otros seres, otros pueblos que habitan bajo la superficie, guardianes de secretos antiguos. Ellos le enseñaron los misterios del agua, el equilibrio de la vida espiritual, los caminos invisibles que conectan todo lo que existe.
Regresó transformado.


Con el tiempo, Isaías llegó a Cecilia Cocha, donde su destino se unió al del pueblo Kichwa. Allí formó su familia, su centro de pensamiento y su legado.
Como taita, sembró en sus hijos y en su comunidad el conocimiento del yagé, no solo como medicina, sino como camino de vida. Enseñó el respeto: por los padres, por los hijos, por la naturaleza, por el espíritu. Enseñó el amor a Dios como fuerza que habita en todo lo que respira.
Fue un hombre de sabiduría profunda, un médico ancestral, un puente entre mundos.
Y así, la historia de la familia Kichwa Muruy no es solo memoria: es semilla.
Una semilla que sigue viva en cada canto, en cada ceremonia, en cada río que fluye.
Porque mientras alguien recuerde… la historia nunca termina.





